Un verdadero líder es aquel que acaba por lograr borrar de los ojos que le contemplan sus características personales para reconstruirse como un símbolo de las ideas que representó y encarnó.
Por el contrario, aquellos que se presentan a sí mismos, con mentiras insostenibles y ridículas adulaciones serviles, como los mejores, más inteligentes, bondadosos o especiales no son líderes sino unos dictadores mesiánicos de fabricación defectuosa. Por eso, precisamente, son increíbles.
Esperemos que tanta adulación y chismorreo caídos estos días sobre la figura de Nelson Mandela no consigan fundirlo en una decorativa estatuilla de porcelana de un bazar barato hasta hacernos olvidar las ideas y valores que defendió.
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