domingo, 5 de diciembre de 2010

mi-ma-ma-me-quie-re-yo-qui-e-ro-a-mi-ma-ma

Leer y escribir son los primeros pasos para cualquier cabeza pensante que se bambolea sobre unos hombros.
Pero, una vez que aprendemos a leer y a escribir y  sus mecanismos pasan a formar parte de nuestra vida como el cola-cao de las mañanas, nos olvidamos hasta con soberbia de los primeros balbuceos que ensayábamos al intentar leer los letreros de los comercios cuando íbamos de la mano de nuestra madre o de los primeros trazos temblorosos que emborronamos en un papel con la ingenua ilusión de que alguien nos leyera.
Tristemente, hay cosas cuyo valor despreciamos por considerarlas comunes y básicas. No las cultivamos. Las damos como por hechas. Acaban por perder importancia para nosotros. Y somos nosotros los que acabamos por desorientarnos en un mundo en el que las palabras ya no actúan como semáforos.
De todas formas, si todavía fuéramos capaces de asombrarnos con nuestra mirada, nos parecería algo fantástico y como de ensueño observar cómo unos niños, con sus grandes y coloridos mandilones y los mocos resbalándoles por la nariz, aprenden a leer y a escribir. Y así, de paso, podríamos recuperar un poco de la confianza perdida en las palabras.
Por cierto, todavía hay en nuestro planeta 781 millones de personas que no saben leer si viniera el caso ni su propia condena a muerte ni escribir un "te quiero" sobre una servilleta de papel.

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